viernes, 7 de abril de 2017

6. El fundador y la Fundadora de los SSCC

7 FECHAS EN LA VIDA DEL BUEN PADRE FUNDADOR DE LOS SS.CC.


1 de marzo de 1768. Nace en Coussay-les-Bois: Coussay es entonces un pueblo de 1400 habitantes, que se encuentra a cincuenta kms. al noreste de la ciudad de Poitiers, capital de esa región del Poitou, en Francia.

4 de marzo de 1792. Se ordena sacerdote:  Acaba de cumplir 24 años. Toma esa decisión y las que le preceden como camino de preparación al sacerdocio, precisamente en un momento en el que está en plena ebullición  la Revolución Francesa.

De mayo al 20 de octubre de 1792. Cinco largos meses en un granero: Desde que entra para evitar el riesgo de ser detenido hasta cuando sale del granero del castillo de la Motte d´Usseau.  “... Fue allí donde un día, encerrado en mi granero, después de haber dicho misa, vi lo que ahora somos. Me pareció que estábamos muchos reunidos juntos, que formábamos un grupo grande de misioneros que debíamos llevar el Evangelio a todas partes...Mientras pensaba, pues, en esta sociedad de misioneros, me vino también la idea de una sociedad de mujeres...Este deseo de formar una sociedad que llevase a todos la fe no me abandonó ya nunca....”. Es la experiencia espiritual cumbre que va a marcar su vida como Fundador.

20 de octubre de 1792.  Sale del granero y se convierte en apóstol clandestino en medio del régimen del Terror: “Cuando salí, me prosterné al pie de una encina que había no lejos de la casa, y entregué mi vida. Porque me había hecho sacerdote con la intención de sufrirlo todo, de sacrificarme por Dios, y de morir si fuera necesario para su servicio... Sin embargo, tenía un cierto presentimiento de que me salvaría ...”.  A partir de este momento, Poitiers y sus alrededores se convierten en el escenario de una actividad apostólica que le sitúa constantemente al borde del peligro y en riesgo continuo para su vida.

Noviembre de 1794. Encuentro con Enriqueta Aymer:  En ese mes de noviembre tiene lugar el primer encuentro entre el joven sacerdote, Pedro Coudrin, y la joven Enriqueta Aymer, los Fundadores con el paso del tiempo de la Congregación de los SS.CC. Enriqueta oye un sermón suyo y toma la decisión de que en adelante será su confesor. Pedro Coudrin desarrollaba una intensa tarea de dirección espiritual y tenía relación con la Asociación del Sagrado Corazón, a la que pertenecían algunas de sus dirigidas. Enriqueta Aymer ingresará en esa Asociación.

24 de diciembre de 1800. La noche de Nochebuena nace la Congregación: Después de unos años de poner, paso a paso, los cimientos para realizar el sueño descrito en la “visión” de la Motte, en la Navidad de 1800 los Fundadores hacen sus votos. Es el nacimiento de la Congregación.
27 de marzo de 1837, en la casa de Picpus, en París: Muerte del BUEN PADRE:   Muere cuanto tiene 69 años. Llega así al término de una vida muy movida y extraordinariamente fecunda, al servicio de la Congregación de los ss.cc. y de varias diócesis de Francia.


PERFIL DEL P. COUDRIN

La vida del P. José María Coudrin es un modelo de lo que se pide de ti. La respuesta que él dio a Dios puede ser para ti una enseñanza, aun cuando las circunstancias y el lenguaje de hoy sean distintos de los de su época. A través de algunos rasgos de una vida tan densa, podrás ver realizado su ideal, que es el tuyo.

El P. Coudrin fue ordenado sacerdote en marzo de 1792. La crisis religiosa de la Revolución Francesa ya se había transformado en cisma; la mayoría de los obispos habían huido al extranjero y la mayor parte de los sacerdotes contrarios al juramento constitucional se preparaban para marchar o ya estaban lejos de su comunidad.
Él decidió quedarse para no abandonar a los fieles: decisión valiente a ejemplo del Buen Pastor que no abandona a sus ovejas.

Esta actitud de servicio directo de las almas, a la que alienta un celo ardiente por la venida del Reino de Dios, marca su personalidad de una manera tan profunda y definitiva que puede verse en ella, un rasgo típico que le define.

No es teólogo, ni autor espiritual, ni canonista en el sentido en que entendemos hoy estas palabras. El P. Coudrin es ante todo un pastor. Durante los acontecimientos del Terror, se mantiene con riesgo de su vida, al servicio de todos sin distinción, sin mezclar con las consideraciones de las personas la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorificado (Sant. 2, 1): ayuda a los pobres, a los campesinos, a los nobles encarcelados, a los sacerdotes arrepentidos de su juramento cismático, o simplemente a aquellos que tienen miedo de salir de su escondrijo. Durante toda su vida consagra lo mejor de su tiempo al gobierno de diversas diócesis como Vicario general, y a atender a los fieles en el confesionario o por la predicación de la palabra de Dios.

Su Congregación es como una prolongación de su celo: no sólo la pone al servicio de las más urgentes necesidades de la Iglesia de Francia, como la enseñanza, la formación del clero, la evangelización del campo, sino que promueve, en cuanto le es posible, la difusión de la fe cristiana entre los infieles, enviando a las misiones lejanas de Oceanía Oriental, del Oriente y de las tribus indígenas de la América del Norte, a sus más valientes discípulos.

Al principio de su ministerio había tenido la visión de la evangelización de las islas remotas. Murió bendiciendo a sus misioneros.

Saliendo del granero de la Motte d‘Usseau el 20 de octubre de 1792, el joven sacerdote Coudrin se prosterna al pie de una encina próxima y se resigna a la muerte: «Me había hecho sacerdote con la intención de sufrir todo, de santificarme por Dios, y, si hacía falta, de morir por su servicio.»

Tiene la certeza de ser objeto de un misterioso designio de Dios, que le destina a fundar una nueva familia religiosa formada por una rama de hombres y otra de mujeres, que se complementarán en la misión de la Congregación.

Esta profunda convicción le anima durante el Terror y le mantiene siempre atento al momento escogido por Dios. Se considera como instrumento de la voluntad divina; se esfuerza por leer los signos de la Providencia en los acontecimientos y circunstancias, y tiene una gran preocupación por no anticiparse a los designios del Señor. Su punto de referencia en todas sus empresas es siempre la voluntad divina.
Su vida agitada es lo contrario de una vida sin historia y tranquila; es una vida ininterrumpida de combates, de contrariedades, de dificultades renovadas sin cesar, de pesares, de preocupaciones.

Ve su Comunidad bajo el signo de la cruz: «Somos los hijos del Corazón herido de nuestro Buen Maestro; es muy justo que nosotros participemos en él con una pequeña parte». Su fundación lleva el sello de las obras de Dios, que quiere que la salvación venga por la cruz de Cristo y que las almas se salven por la participación en los sufrimientos del Redentor.

Desde 1793, la dirección espiritual le pone en contacto con las primeras personas que recibieron la vocación de realizar el designio providencial. A éstas las agrupó el año siguiente, dentro del marco de la Asociación del Sagrado Corazón, fundada poco antes en Poitiers.

La devoción a los Sagrados Corazones fue para la nueva comunidad el medio de comunión en los grandes valores evangélicos. El Corazón de Cristo era para esta comunidad la gran manifestación del Amor misericordioso y todopoderoso de Dios. Como respuesta al amor de Dios, era necesario adoptar con el Corazón de Cristo, en Él y por Él, la actitud del Siervo de Yahvé y entrar en la obra redentora, reparando así el pecado de la humanidad.

Al presentarse el Corazón de María como inseparable de Cristo, en la manifestación del amor de Dios y en la realización de la obra de redención, era preciso pasar por María para entrar en la obra de Cristo.

Desde el comienzo, la Comunidad se centra en la Eucaristía. El Fundador, que recibió su vocación en el transcurso de largas horas de adoración en el granero de la Motte y que durante mucho tiempo llevó sobre sí el Santísimo Sacramento en lo más duro de la persecución, transmite a su Comunidad esta manera de orar, de la que la Madre Enriqueta Aymer de la Chevalerie se convierte en seguida en ejemplo vivo.

La comunión en estos valores crea una estrecha fraternidad, que realiza el deseo tan frecuentemente expresado por el P. Coudrin: no formar sino un corazón y una sola alma. La estima mutua, el respeto, el servicio fraterno en la sencillez de una familia, constituyen los lazos que unen hermanos y hermanas en la gracia y en la paz del Reino. El Fundador en nada insiste tanto como en «la unión en los Sagrados Corazones».
La comunidad toda entera, en la complementariedad de las diversas vocaciones se esforzaba por imitar y reproducir lo que entonces se llamaba las «cuatro edades» del Señor. Cada uno, en su trabajo diario, intentaba hacer visible el centro de toda Redención.

El P. Coudrin jamás se sintió «propietario» de su comunidad. Ve con mucha claridad que su obra no es suya; uno de los nombres que emplea con más frecuencia para designarla es: «la Obra de Dios». La fundación, su crecimiento, el desarrollo del Instituto se le aparecen como la acción, a veces milagrosa, de la Providencia de Dios, que manifiesta su amor de mil maneras.

Siente la necesidad de integrarse en la Comunidad, sin buscar en la autoridad un pretexto para situarse por encima de ella. Le horroriza que se le llame «Reverendo», y el único título que acepta es el de «Padre», porque expresa una relación de afecto y una responsabilidad con respecto a sus hermanos.
Ejerce su autoridad con un agudo sentido de las personas, y sabe que no tiene el monopolio de las ideas. Reconoce el carisma de profecía de la Buena Madre, no sin antes haberla puesto primeramente a prueba.

Gestiona su obra como un buen guía, teniendo la preocupación de no malgastar las fuerzas jóvenes que el Señor le envía: «Ahorrar la salud». Estimula, alienta, reprende con discreción; comprensivo y lleno de ternura para con las personas, no deja de decir por eso la verdad, por dura que sea, cuando es necesario. Nadie fue más abierto a la colaboración y al diálogo que él. Frecuentemente pide el parecer, tanto de los superiores como de los hermanos.

Por otro lado, sigue y controla día a día, la marcha de las casas y el comportamiento de las personas: «Tenedme al corriente»... «Sed puntual en escribirme». El fervor de las almas, la libertad de las conciencias, todo, así como la salud de los cuerpos, es objeto de sus preocupaciones. No limita sus atenciones sólo a los religiosos, sino que las extiende a sus familias, particularmente a los padres. Continuamente recuerda las normas fundamentales y la necesidad de mantener el espíritu de la Congregación.
Ausente a menudo de las Casas, está presente en todas las comunidades por su correspondencia, breve, precisa, esclarecedora, por su corazón y sobre todo por su espíritu, que mantiene la cohesión, la unidad de miras y de acción.

Porque se sabe el representante de Dios, lleva en todo una gran tranquilidad de espíritu, una fe en la Providencia, una rectitud de intención y de mirada, una naturalidad y una sencillez de procedimientos, al mismo tiempo que la energía de un conductor de hombres. Es siempre realista, con un realismo hecho de disposiciones naturales y de confianza en Dios, fundado en la caridad de Cristo y en la convicción de hacer la «Obra de Dios». Si hay alguna cosa que el P. Coudrin ignora, es verdaderamente, la diplomacia, que se sirve de las personas y busca caminos tortuosos para llegar a sus fines. Siempre es claro en todo. Se sabe lo que piensa y lo que quiere, y lo propone con firmeza, pero dejando a cada uno su propia responsabilidad.
Durante su gobierno, que duró 37 años, todos sintieron siempre que era verdaderamente el «Buen Padre».

Oración con el Buen Padre
Dios de Misericordia,
queremos darte gracias
por la vida y herencia
de nuestro Fundador,
el Buen Padre,
que hizo del amor fraterno
y de la Eucaristía, Pan de Vida,
el centro de su entrega generosa.
En tu Hijo Jesucristo lo encontró todo,
entró en los sentimientos de su Corazón
y descubrió que nada es comparable
al deseo de amarte a Ti.
Con celo ardiente por la misión,
transmitió la Buena Nueva
a los que sufren y a los débiles,
a imagen del Buen Pastor.
Vivió siempre disponible
para las necesidades de la Iglesia,
discernidas a la luz del Espíritu;
adaptándose a las más diversas circunstancias
escuchó tu voz.
Junto a la Buena Madre, nuestra Fundadora,
puso los cimientos de una familia,
moldeada por la unión y la concordia,
la humildad y la sencillez,
con el consuelo y la esperanza
de los que sienten cómo Tú les amas.
No conoció el rencor ni la violencia,
al contrario, unido a la Cruz de tu Hijo,
se hizo solidario con los hombres y mujeres
víctimas del odio y la injusticia.

Haz, Señor,
que siguiendo las huellas del Buen Padre,
Hermanas, Hermanos y laicos
seamos fieles a tu voluntad.
Apasiónanos, al aire de tu Espíritu,
a extender por el mundo
tu Reino de paz y reconciliación.
Te lo pedimos con María,
modelo de fe en el Amor,
nuestra compañera de camino.
Amén.


La Buena Madre: Enriqueta. Fundadora.

Enriqueta Aymer de la Chevalerie nació el 11 de agosto de 1767 en el castillo de La Chevalerie, en la localidad de Saint Georges-de-Noisné, no lejos de la ciudad de Poitiers. Vivió la infancia feliz, de niña única entre dos hermanos varones y dentro de un medio familiar unido y cálido.

 Su padre murió en 1777, cuando la niña tenía 11 años. Enriqueta se convierte entonces mucho más en apoyo para su madre. Quiso dar a su hija la mejor formación posible y la puso por algunos años en el internado de las benedictinas de Santa Cruz, en Poitiers. Enriqueta tenía una bonita figura, un rostro vivo y una mirada penetrante, junto a una conversación salpicada de ocurrencias y finura. Eso la convertía en un foco de atracción en las tertulias de la nobleza de Poitiers. Su gran fuerza fue siempre su encanto personal.
  Con la llegada de la Revolución las cosas van a cambiar. En los años 1792 y 1793 no dudaron en acoger en su casa a sacerdotes que se negaron a hacer el juramento constitucional. Una empleada del vecindario les delata y madre e hija son llevadas a la cárcel de las Hospitalarias, en la ciudad de Poitiers, el 22 de octubre de 1793.

  Se abre un tiempo de angustia y de justificados temores: ser llevado a la guillotina era siempre probable en aquellos trágicos tiempos del Terror. La permanencia en la prisión fue de casi un año y para Enriqueta fue una experiencia muy intensa. Los conventos de antaño, convertidos en cárceles y atestados de gente, no ofrecían las mínimas condiciones higiénicas, ni las comodidades más elementales. La gente encarcelada en las Hospitalarias estaba formada por personas de la nobleza, que se las arreglaban para hacer como si continuase su vida social. En esos meses aflorará en Enriqueta algo que estaba adormecido, su gran capacidad de interiorización, de profundidad. Atendió especialmente a la hija del carcelero y a una señora despreciada por los demás por sus ideas cercanas a la Revolución.

   Algunos sacerdotes refractarios saltaban los muros de las cárceles para confesar a los prisioneros. Enriqueta hizo con esa ocasión su confesión general. Ese fue un paso importante en su acercamiento a Dios. El 11 de septiembre de 1794 se abrieron para las Aymer las puertas de la cárcel y pudieron regresar a su casa de la calle "des Hautes-Treilles" en la parte alta de la ciudad.

   Enriqueta era otra persona. Tenía 28 años y  pedía a Dios que le diera a conocer al guía que le destinaba. En noviembre de 1794, después de averiguar qué sacerdote podría dirigirla, le dieron varios nombres y entre ellos estaba el del P. Coudrin, que en ese momento tenía 27 años.  Al oírlo en una misa que él decía, ella que andaba angustiada por su método de oración, encontró la paz: "No me equivoco, - se dijo -, ya que él predica como yo rezo". Desde entonces comenzó a confesarse con el P. Coudrin, .

  En los primeros meses de 1795, pidió ser admitida en la Sociedad del Sagrado Corazón.  Al principio fue rechazada la petición de Enriqueta, por su fama anterior de persona mundana. En marzo del mismo 1795 fue admitida como externa. El Buen Padre le asignó un hora en el turno de la adoración, lo que según ella “fijó su destino”. Allí completó su primera conversión. 

   Su silencio llamaba de modo particular la atención. Siempre estaba allí, ante el Sagrario disimulado en el muro, con alguna costura entre manos y el espíritu como ausente y sin hablar con nadie. Sin que ella misma lo pretendiera, se iba produciendo dentro de la Asociación una polarización en torno a su persona. Un grupo de jóvenes deseaba llevar una vida como la suya y quería ser conducido por ella. Guiada por Pedro Coudrin, había hecho suyo el "celo por la obra de Dios" que él irradiaba y en obediencia a ese celo aceptó a fines de 1796 hacer de superiora de ese grupo que las demás llamaron "Las Solitarias".

   Decidieron comprar una casa que no dependiera de la Sociedad del Sagrado Corazón, pero no había dinero para ello. Enriqueta entonces decidió vender todo el patrimonio heredado de su padre, para comprarla. Al fin se había encontrado una casa que gustó a todos por su ubicación tranquila, en la calle Des Hautes Treilles, justo frente a la casa de la señora Aymer.

   El 25 de agosto las Solitarias tomaran un hábito gris bajo los vestidos seculares y pronunciaron sus primeras resoluciones. El 29 de septiembre siguiente las Solitarias ocuparon su nueva casa. Poco después el resto de la Sociedad las siguió, pero ahora la situación había cambiado: las dueñas de la casa eran las Solitarias. Se dio a esta nueva residencia el nombre de "Grand´ Maison", que conserva hasta hoy.

  Las autoridades diocesanas concedieron al grupo una aprobación secreta, pero escrita. El 20 de octubre de 1800  las primeras religiosas hicieron junto a la Fundadora sus primeros votos públicos en el oratorio, escogiendo para ello el aniversario de la salida del P. Coudrin de La Motte y de su entrega a Dios al pie de una encina en 1792, ocho años antes.
   El P. Coudrin y la Madre Enriqueta hicieron sus votos "como celadores del amor de los Sagrados Corazones" en la Nochebuena de ese año 1800. Es la fecha que suele considerarse como de nacimiento de la Congregación.

  La Buena Madre abrió 17 casas en Francia,  en medio de la mayor penuria económica. Fue la administradora y la “madre de familia” de las dos ramas (hermanos y hermanas). En sus comunidades se educan muchos centenares de niñas, preferentemente pobres, y se ayuda a muchas familias. Y todos sienten el apoyo y la seguridad de esa mujer pequeña, acogedora, alegre, imaginativa, que sabe crear en torno suyo un ambiente de cordialidad, y es un centro de unión que aglutina a la gran familia. Llega a recibir unas 900 hermanas, ve morir a más de 200, entre ellas a su amiga y confidente Gabriel de la Barre.
  Vivió una vida de penitencia y austeridad verdaderamente fuera de lo normal, al tiempo que destacaba por su comprensión, flexibilidad y por los detalles minuciosos de su trato con los demás.

  Éste es también el fundamento de su pedagogía: que las niñas se sientan queridas, estimuladas, en síntesis “que se encuentren felices entre nosotras”.
  No queda fuera de ese celo el transmitir el amor los habitantes de aquellas “islas lejanas” que el Buen Padre había percibido en el granero de la Motte d’Usseau. Con esa ilusión colabora en la preparación del viaje de los primeros misioneros: ella no podrá ver ya la marcha de las hermanas que en un futuro habrán de cruzar también el mar para llevar el mensaje… o para dar su vida en el camino, como el grupo a bordo del “Marie-Joseph”.
  El desgaste de una vida dura como fue la suya, la media de vida del momento, hacen que Enriqueta caiga fulminada por una trombosis en diciembre de 1829, a los 61 años. Aunque se recupera algo, la hemiplejía que le inutiliza el lado derecho de su cuerpo, hace que ya no pueda volver a la vida de actividad plena, pero sigue siendo desde su habitación el alma de la “Obra”.

  Su actitud personal en los cinco años de enfermedad, es la realización de aquel proyecto personal que expresó el día de su consagración a los Sagrados Corazones “… a cuyo servicio deseo consumirme como este cirio”. El 23 de noviembre de 1834 la “Petite Paix” (como solía llamarla el Fundador), entra de lleno en la Gran Paz después de completar el itinerario de una vida llena, dejando su “Obra” en marcha. Esa “Obra” que ella ha fundado y mantenido con el convencimiento de que era “una necesidad para el Corazón de Dios”.

La Buena Madre en fechas

El 11 de agosto de 1767 nace en S. Georges-de-Noisné, población situada al suroeste de Poitiers.

Entre 1785 y 1793 vive su juventud en un “ambiente mundano”, muy propio de su condición de mujer de clase noble.
Entre el 22 de octubre de 1793 y el 11 de septiembre de 1794 permanece arrestada en la cárcel de las Hospitalarias, en Poitiers, por esconder a sacerdotes que se negaban a jurar la constitución civil del clero. Allí vive una experiencia de conversión, que cambiará el rumbo de su vida.

En marzo de 1795 es recibida como externa en la Asociación del Sagrado Corazón, grupo que acompaña el Buen Padre.
El 20 de octubre de 1800 hace sus primeros votos, junto a otras cuatro compañeras.
El 24 de diciembre de 1800 hace sus votos definitivos.

El 23 de noviembre de 1834 muere en Picpus, París.


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