jueves, 6 de abril de 2017

2. El Carisma de los Sagrados Corazones, resumen.


Contemplar, Vivir y Anunciar al mundo el Amor misericordioso de Dios encarnado en Jesucristo.

Presentación.
“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría.”
Papa Francisco.

Recibe un saludo fraterno, de parte de los Sagrados Corazones de esta provincia conformada por hermanos presentes en Colombia, Ecuador y Perú de esa familia misionera presente en varios países del mundo. En especial los saludamos desde la comisión de Pastoral Vocacional.

Hemos notado que la población crece, las ciudades concentran a cada vez más gente y en los campos y poblados viven muchos también. Pero los religiosos y los sacerdotes son cada vez menos en comparación con los habitantes, por ello resuena en el corazón, lo que decía Jesús: la cosecha es abundante y los obreros pocos.

Escuchando la voz del Señor, es necesario que oremos, para que sigan llegando obreros al servicio de Jesús en el mundo de hoy. Dios nos llama a todos a Seguir al Maestro, cada uno en un lugar único. Que en las familias y los distintos grupos abramos el corazón a Dios y ayudemos a orientar a los niños y jóvenes, para que le digan “SI” a Dios.   El P. Javier, nuestro Superior General, reflexiona lo siguiente: ““Venid a mí”, invita Jesús (Mt 11, 28). Hacia él queremos ir. Pero ¿Por qué caminos? Hay tantas maneras diferentes de vivir el Evangelio… El Evangelio es tan grande que no hay quien pueda abrazarlo entero. Solo podemos seguir a Jesús adaptando un camino concreto y con un grupo determinado de compañeros. Por eso, el Espíritu suscita muchos carismas diversos, de manera que todos puedan encontrar su ruta y su hogar. Necesitamos una vía que se adapte al tamaño de nuestro corazón y a los límites que nos hacen humanos.

La Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María es uno de esos caminos que conducen a Jesús, una manera concreta de saborear a Dios en el camino de la vida, un hogar espiritual en el que se puede experimentar la fuerza del Evangelio.” Javier Alvarez-Ossorio ss.cc.

Ponemos en tus manos este material, para la animación vocacional que esperamos sea de ayuda para que haya nuevos obreros al servicio de la misión que Dios nos encomienda a todos. Para ello, te presentamos un vistazo general de lo que es nuestra Congregación Sagrados Corazones y concluimos mostrando el camino a seguir para los jóvenes que llame el Señor a este camino de la vida religiosa. Agradecemos infinitamente a aquellos que ayuden de una u otra manera. Para ustedes: queridos jóvenes, padres de familia, catequistas, profesores, sacerdotes, religiosas, católicos comprometidos, pedimos a Dios abundantes bendiciones.

Atentamente,

Comisión de Pastoral Vocacional ss.cc. en Colombia.




ESPIRITUALIDAD DE LOS SAGRADOS CORAZONES,
UNA BREVE PRESENTACIÓN.
Antecedentes históricos.
Nuestra familia religiosa nace en un momento importante de la historia, nos ubicamos en plena revolución francesa. La persecución a la iglesia arrecia  y los sacerdotes que no están dispuestos a jurar fidelidad a la nueva Constitución se ponen en peligro de muerte. Francia quiere una iglesia católica nacional, separada de Roma, la quiere para que preste servicios a la Revolución.
                            
En este estado de cosas, un grupo de mujeres se empieza a reunir en una casa, en la ciudad de Poitiers. Sus reuniones son clandestinas  ya que también ellas se encuentran amenazadas. Su propósito es ponerse delante del Señor, presente en la Eucaristía, para adorarlo y reparar el pecado que se está cometiendo.

Entre estas mujeres se encuentra la futura fundadora de las hermanas religiosas de los Sagrados Corazones, llamada la “Buena Madre”, Enriqueta Aymer de la Chevalerie. Necesitan un sacerdote que pueda celebrarles la Eucaristía.  Lo encuentran en el “Buen Padre”, José Mará Coudrin. El será el fundador de la rama de los Hermanos Religiosos de la Congregación.

No hay tiempo para el descanso. Tampoco para la cobardía. El “Buen Padre” corre todos los riesgos; se disfraza de todas las maneras para llegar a todas partes con el Evangelio de Jesús.  El mismo ha sido ordenado sacerdote en la clandestinidad.

Para partir con la nueva Congregación es necesario buscar una espiritualidad que fundamentalmente su existencia. No es tampoco el momento para escribir tratados o para describir y desarrollar metodologías espirituales. Son demasiadas las urgencias.

Tampoco es el momento para elegir alguna especialidad pastoral, sea esta la educación, las misiones o lo que fuere. Hay que “hacerle a todo” porque es necesario rehacer la Iglesia en Francia, profundamente herida por los efectos de la Revolución. Esto mismo hace urgente buscar un centro de inspiración, una espiritualidad, que anime todo el quehacer, cualquier quehacer, una espiritualidad que venga a darle sentido a la vida, a cualquier vida.

En el fondo, se trata de la imitación de Jesucristo, lo que más adelante se llamará se seguimiento. Por eso, aparecerá pronto el tema de las cuatro edades de Jesús: su infancia, su vida oculta, su vida pública y su vida crucificada.

Cuando la comunidad ya está apenas constituida ya sale fuera de sí misma: son las misiones en los campos y ciudades en vistas de la necesaria reconstitución eclesial; son las escuelas y colegios para la formación de los jóvenes; es la tarea asumida en los seminarios, mirando hacia los futuros ministros de la iglesia; son las misiones hacia afuera de Francia, más en concreto, las islas del Pacífico Sur (p, ej. Del hoy Hawai) y, luego, Valparaíso en Chile.





La espiritualidad de los Sagrados Corazones.
Desde las entrañas del Corazón.
Lo primero es, entonces, el Corazón: es él el que se encuentra en el centro de la persona; él es, también, la fuente del amor. Desde el corazón es posible explicar la Persona de Jesús, su dedicación a la misión que su Padre le ha encomendado y, por lo mismo, su conocimiento y comprensión de la realidad humana y, como consecuencia necesaria, su misericordia.

En Cristo Jesús se encarna el amor misericordioso de Dios. En él nos encontramos convocados a seguirle como Comunidad para ser testigos en el mundo de ese mismo amor.

Es lo que hoy expresamos diciendo que hemos sido invitados a “Contemplar, vivir y anunciar el amor de Dios encarnado en Jesús”. Esta es la finalidad esencial de la congregación ss.cc.

Desde la Comunidad Fraterna y la Misión.
Sabemos que el Señor nos llama a cada uno personalmente; pero afirmamos, a la vez, que su llamada surge desde una Comunidad y está dirigida a que nos incorporemos y participemos de ella y en ella: la realidad del amor de Jesucristo no puede ser vivida de maneras aisladas. Con todo, la Comunidad no es tampoco para sí misma. La Comunidad es para la misión. Es esta última la que viene a definir finalmente su sentido más hondo. Es la misión de Jesús la que señala el estilo de vida y los quehaceres de la comunidad, en espíritu de familia.


Desde la Eucaristía y la Adoración.   
En una palabra, en los últimos tiempos, el amor de Dios por nosotros se ha manifestado en su Pascua, la que seguimos celebrando en cada Eucaristía, la que asegura, además, la permanencia del mismo Jesús, en su propia actitud de pascua, en la presencia real en el Sacramento. Gracias a esa presencia real podemos asegurar un “tiempo para el Señor” en la adoración.

La Eucaristía haya sido central en nuestra vida de cristianos y religiosos de los Sagrados Corazones: en ella está el recuerdo, actual y eficaz, del don de Dios en Jesucristo, en ella está el futuro realizado de Cristo en su plenitud, vencedor del pecado y de la muerte. En ella se encuentra cumplida la promesa de Dios, el triunfo definitivo de la vida sobre la muerte.

La adoración reparadora: conversión y transformación.
En la Eucaristía, Jesús nos invita a estar con Él, como sus  discípulos (Ver Mc. 3, 14). A estar con Él, como Él  que estuvo está con su Padre; como Él se iba a la montaña para hacer oración como ejercicio espiritual o meditación sino la oración misma de Jesús, ésa que asumía lo que Él estaba viviendo y lo que estaba viendo en su entorno: el drama de un Pueblo, que había sido elegido por amor y que –sin reconocerlo- le daba las espaldas a quien encarnaba ese amor.

Por eso, nuestra oración es reparadora. Se une a la de Jesús ante su Padre y pide perdón, asumiendo solidariamente la miseria de todo el hombre y de todos los hombres, partiendo por la propia y más personal. Desde ella, comienza, cada vez, un nuevo camino de conversión.

La devoción a los Sagrados Corazones fue para la nueva comunidad el medio de comunión en los grandes valores evangélicos. El Corazón de Cristo era para esta comunidad la gran manifestación del Amor misericordioso y todopoderoso de Dios. Como respuesta al amor de Dios, era necesario adoptar con el Corazón de Cristo, en Él y por Él, la actitud del Siervo de Yahvé y entrar en la obra redentora, reparando así el pecado de la humanidad.

Al presentarse el Corazón de María como inseparable de Cristo, en la manifestación del amor de Dios y en la realización de la obra de redención, era preciso pasar por María para entrar en la obra de Cristo. Desde el comienzo, la Comunidad se centra en la Eucaristía. El Fundador, que descubrió su vocación en el transcurso de largas horas de adoración en el granero de la Motte y que durante mucho tiempo llevó sobre sí el Santísimo Sacramento en lo más duro de la persecución, transmite a su Comunidad esta manera de orar, de la que la Madre Enriqueta Aymer de la Chevalerie se convierte en seguida en ejemplo vivo.


La comunión en estos valores crea una estrecha fraternidad, que realiza el deseo tan frecuentemente expresado por el P. Coudrin: no formar sino un corazón y una sola alma. La estima mutua, el respeto, el servicio fraterno en la sencillez de una familia, constituyen los lazos que unen hermanos y hermanas en la gracia y en la paz del Reino. El Fundador en nada insiste tanto como en «la unión en los Sagrados Corazones». La comunidad toda entera, en la complementariedad de las diversas vocaciones se esforzaba por imitar y reproducir lo que entonces se llamaba las «cuatro edades» del Señor. Cada uno, en su trabajo diario, intentaba hacer visible el centro de toda Redención.

La devoción a los Sagrados Corazones fue para la nueva comunidad el medio de comunión en los grandes valores evangélicos. El Corazón de Cristo era para esta comunidad la gran manifestación del Amor misericordioso y todopoderoso de Dios. Como respuesta al amor de Dios, era necesario adoptar con el Corazón de Cristo, en Él y por Él, la actitud del Siervo de Yahvé y entrar en la obra redentora, reparando así el pecado de la humanidad.

Al presentarse el Corazón de María como inseparable de Cristo, en la manifestación del amor de Dios y en la realización de la obra de redención, era preciso pasar por María para entrar en la obra de Cristo. Desde el comienzo, la Comunidad se centra en la Eucaristía. El Fundador, que recibió su vocación en el transcurso de largas horas de adoración en el granero de la Motte y que durante mucho tiempo llevó sobre sí el Santísimo Sacramento en lo más duro de la persecución, transmite a su Comunidad esta manera de orar, de la que la Madre Enriqueta Aymer de la Chevalerie se convierte en seguida en ejemplo vivo.

La comunión en estos valores crea una estrecha fraternidad, que realiza el deseo tan frecuentemente expresado por el P. Coudrin: no formar sino un corazón y una sola alma. La estima mutua, el respeto, el servicio fraterno en la sencillez de una familia, constituyen los lazos que unen hermanos y hermanas en la gracia y en la paz del Reino. El Fundador en nada insiste tanto como en «la unión en los Sagrados Corazones». La comunidad toda entera, en la complementariedad de las diversas vocaciones se esforzaba por imitar y reproducir lo que entonces se llamaba las «cuatro edades» del Señor. Cada uno, en su trabajo diario, intentaba hacer visible el centro de toda Redención.

DOCUMENTO FUNDAMENTAL DEL TIEMPO DE LA FUNDACIÓN [1]

1.     El fin de nuestro Instituto es: 1.º Imitar las cuatro edades de Nuestro Señor Jesucristo, a saber, su infancia, su vida oculta, su vida evangélica y su vida crucificada. 2.º Propagar la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María.
2.     A fin de imitar la infancia de Nuestro Señor Jesucristo, abrimos escuelas gratuitas para enseñanza de los niños pobres de ambos sexos. Tenemos, además, colegios, en los cuales nos imponemos el deber de admitir gratuitamente cierto número de niños pobres, según lo permitieren los recursos de cada casa.
        Además, los hermanos, preparan con especial cuidado a los jóvenes que siguen la carrera eclesiástica para las funciones del santo ministerio.

3.     Todos los miembros de nuestra Congregación se esfuerzan en imitar la vida oculta de Nuestro Señor Jesucristo reparando, con la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento, las injurias hechas a los Sagrados Corazones de Jesús y de María por los innumerables crímenes de los pecadores.
4.     Imitan los hermanos la vida evangélica de Nuestro Señor Jesucristo, por medio de la predicación del Evangelio y por las Misiones.
5.      Cada uno, en cuanto le sea posible, está obligado a imitar la vida crucificada de Nuestro Salvador, mediante el celoso y a la vez prudente ejercicio de la mortificación cristiana, principalmente con la represión de los sentidos.
6.      Finalmente nos proponemos dedicarnos con todo empeño a la propagación de la verdadera y legítima devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al dulcísimo Corazón de María, conforme ha sido aprobada y establecida por la Sede Apostólica.
7.     Nuestra Congregación goza del patrocinio especial de San José, esposo de la Bienaventurada Virgen María; y venera como protectores particulares a los santos Pacomio, Agustín, Bernardo y Domingo.
8.     La Regla de San Benito sirve de fundamento a nuestra Regla. Vivimos en comunidad y prácticas regulares bajo la obediencia del Superior General de toda la Congregación, de la Superiora General de las Hermanas, del Superior o de la Superiora de cada casa particular, como abajo se dirá. Los Hermanos y las Hermanas hacen votos perpetuos de pobreza, de castidad y de obediencia.

PERFIL DEL P. COUDRIN, Fundador de la Congregación SS.CC.



El P. Coudrin fue ordenado sacerdote en marzo de 1792. La crisis religiosa de la Revolución Francesa ya se había transformado en cisma; la mayoría de los obispos habían huido al extranjero y la mayor parte de los sacerdotes contrarios al juramento constitucional se preparaban para marchar o ya estaban lejos de su comunidad. Él decidió quedarse para no abandonar a los fieles: decisión valiente a ejemplo del Buen Pastor que no abandona a sus ovejas.

Esta actitud de servicio directo de las almas, a la que alienta un celo ardiente por la venida del Reino de Dios, marca su personalidad de una manera tan profunda y definitiva que puede verse en ella, un rasgo típico que le define. No es teólogo, ni autor espiritual, ni canonista en el sentido en que entendemos hoy estas palabras. El P. Coudrin es ante todo un pastor. Durante los acontecimientos del Terror, se mantiene con riesgo de su vida, al servicio de todos sin distinción, sin mezclar con las consideraciones de las personas la fe en Nuestro Señor Jesucristo glorificado (Sant. 2, 1): ayuda a los pobres, a los campesinos, a los nobles encarcelados, a los sacerdotes arrepentidos de su juramento cismático, o simplemente a aquellos que tienen miedo de salir de su escondrijo. Durante toda su vida consagra lo mejor de su tiempo al gobierno de diversas diócesis como Vicario general, y a atender a los fieles en el confesionario o por la predicación de la palabra de Dios.

Su Congregación es como una prolongación de su celo: no sólo la pone al servicio de las más urgentes necesidades de la Iglesia de Francia, como la enseñanza, la formación del clero, la evangelización del campo, sino que promueve, en cuanto le es posible, la difusión de la fe cristiana entre los infieles, enviando a las misiones lejanas de Oceanía Oriental, del Oriente y de las tribus indígenas de la América del Norte, a sus más valientes discípulos. Al principio de su ministerio había tenido la visión de la evangelización de las islas remotas. Murió bendiciendo a sus misioneros.

Saliendo del granero de la Motte d‘Usseau el 20 de octubre de 1792, el joven sacerdote Coudrin se prosterna al pie de una encina próxima y se resigna a la muerte: «Me había hecho sacerdote con la intención de sufrir todo, de santificarme por Dios, y, si hacía falta, de morir por su servicio.» Tiene la certeza de ser objeto de un misterioso designio de Dios, que le destina a fundar una nueva familia religiosa formada por una rama de hombres y otra de mujeres, que se complementarán en la misión de la Congregación.

Esta profunda convicción le anima durante el Terror y le mantiene siempre atento al momento escogido por Dios. Se considera como instrumento de la voluntad divina; se esfuerza por leer los signos de la Providencia en los acontecimientos y circunstancias, y tiene una gran preocupación por no anticiparse a los designios del Señor. Su punto de referencia en todas sus empresas es siempre la voluntad divina. Su vida agitada es lo contrario de una vida sin historia y tranquila; es una vida ininterrumpida de combates, de contrariedades, de dificultades renovadas sin cesar, de pesares, de preocupaciones.

Ve su Comunidad bajo el signo de la cruz: «Somos los hijos del Corazón herido de nuestro Buen Maestro; es muy justo que nosotros participemos en él con una pequeña parte». Su fundación lleva el sello de las obras de Dios, que quiere que la salvación venga por la cruz de Cristo y que las almas se salven por la participación en los sufrimientos del Redentor. Desde 1793, la dirección espiritual le pone en contacto con las primeras personas que recibieron la vocación de realizar el designio providencial. A éstas las agrupó el año siguiente, dentro del marco de la Asociación del Sagrado Corazón, fundada poco antes en Poitiers.

El Superior:
El P. Coudrin jamás se sintió «propietario» de su comunidad. Ve con mucha claridad que su obra no es suya; uno de los nombres que emplea con más frecuencia para designarla es: «la Obra de Dios». La fundación, su crecimiento, el desarrollo del Instituto se le aparecen como la acción, a veces milagrosa, de la Providencia de Dios, que manifiesta su amor de mil maneras. Siente la necesidad de integrarse en la Comunidad, sin buscar en la autoridad un pretexto para situarse por encima de ella. Le horroriza que se le llame «Reverendo», y el único título que acepta es el de «Padre», porque expresa una relación de afecto y una responsabilidad con respecto a sus hermanos.

Ejerce su autoridad con un agudo sentido de las personas, y sabe que no tiene el monopolio de las ideas. Reconoce el carisma de profecía de la Buena Madre, no sin antes haberla puesto primeramente a prueba. Gestiona su obra como un buen guía, teniendo la preocupación de no malgastar las fuerzas jóvenes que el Señor le envía: «Ahorrar la salud». Estimula, alienta, reprende con discreción; comprensivo y lleno de ternura para con las personas, no deja de decir por eso la verdad, por dura que sea, cuando es necesario. Nadie fue más abierto a la colaboración y al diálogo que él. Frecuentemente pide el parecer, tanto de los superiores como de los hermanos.

JOSÉ DE VEUSTER (o SAN DAMIÁN de Molokai)


Nace en Trémelo (Bélgica), el 3 de enero de 1840, en una familia numerosa de agricultores-comerciantes. Cuando su hermano mayor ingresó en la Congregación de los SS.CC. su padre le destina a administrar el patrimonio familiar. Pero decide también hacerse religioso en ingresa en el noviciado de Lovaina a principios de 1859 con el nombre de DAMIÁN.

En 1863, su hermano, a punto de partir para la misión de Hawái, cae enfermo, y Damián obtiene el permiso para sustituirle, aunque aún no era sacerdote. Desembarca en Honolulú el 19 de marzo de 1864, e inmediatamente es ordenado sacerdote y destinado al trabajo misional. Y Damián se entrega en cuerpo y alma a la áspera vida de misionero en los poblados de Hawái, la isla mayor del archipiélago. Por aquellos días, la lepra estaba invadiendo amenazadoramente las islas. Para frenarla, ya que entonces era incurable, el gobierno decidió aislar a los leprosos en un rincón de la isla de MOLOKAI.

El obispo Maigret, compadecido de estos “muertos viviente” pidió voluntarios para visitarlos por turnos. Damián fue el primero en partir. Era el 10 de mayo de 1873. A petición propia y de los leprosos se queda definitivamente en el lazareto. Contagiado por la lepra, muere el 15 de abril  de 1889. Sus restos descansan, desde 1936, en la cripta de la iglesia de los SS.CC. de Lovaina. Declarado santo el 11 de octubre del 2009, por el papa Benedicto XVI, su fiesta se celebra el 10 de mayo.




Servidor y testigo... sin volverse atrás

“Convencido de que Dios no me pide lo imposible, actúo con decisión, sin más preocupaciones”. Así se ofrece gustoso para sustituir a su hermano enfermo en Hawaii, y así se brinda voluntario para encerrarse con los leprosos.
Concibe su presencia en medio de los lepro­sos como la de un padre entre sus hijos. Conoce los riesgos y consigue librarse del contagio durante una docena de años. Pero acaba contaminándose, sin perder por eso su confianza en Dios: “Estoy feliz y contento, y si me dieran a escoger la salida de este lugar a cambio de la salud, respondería sin dudarlo: Me quedo con los leprosos para siempre”.

Medico de cuerpos y de almas
Le obsesiona el aliviar los sufrimientos de sus leprosos y está muy atento a los progresos de la ciencia. Experimenta en sí mismo tratamientos, que comparte con sus enfermos. Y día a día los cuida, venda sus hediondas heridas, reconforta a los moribundos y entierra amorosamente en lo que llamaba su “jardín de muertos” a quienes consumaban su calvario.
        
Constructor de comunidades
El infierno de Molokai, amasado de egoísmos, desesperación e inmoralidad, se transforma, gracias a Damián, en una comunidad que admira al propio gobierno. Orfanato, iglesia, viviendas, equipamientos colectivos: todo se realiza con ayuda de los menos impedidos. Se amplía el hospital, se acondiciona el embarcadero, se trazan caminos, se tiende una conducción de agua, se organiza un almacén gratuito para el aprovisionamiento de los enfermos. Y hasta se preocupa de sus entretenimientos, incluida una banda de música. Así consigue que los que habían sido abandonados a su suerte redescubran la alegría de encontrarse juntos y el que para Dios todo hombre es algo precioso, porque los ama como un padre, en quien todos se reconocen hermanos y hermanas. “ Me encuentro muy feliz aquí; y aunque hay mucha pobreza y miseria, Dios bondadoso se digna darme también consuelos, que yo nunca me había esperado…”

Apóstol de los leprosos
En su corazón de sacerdote y misionero es donde encuentra eco la llamada para servir a los leprosos. “Son horribles de ver, pero tienen un alma rescatada al precio de la sangre adorable de nuestro divino salvador”. Damián procura que se beneficien de todas las riquezas de su ministerio sacerdotal, reconciliándolos con Dios y con ellos mismos, animándolos a unir sus sufrimientos a los de Cristo por la comunión de su Cuerpo y de su Sangre. Bautismos, matrimonios y entierros se celebran intentando abrir sus espíritus y corazones a las dimensiones universales de la Iglesia de Cristo.
        
Rechazados de la sociedad, los leprosos de Molokai descubren que su enfermedad les ha valido la solicitud de un corazón de sacerdote entregado totalmente a ellos. “Mi mayor dicha es servir al Señor en sus pobres hijos enfermos, repudiados por otros hombres”. “Los microbios de la lepra han anidado definitivamente en mi pierna izquierda y en mi oreja. Mi párpado comienza a caerse. Ahora ya me es imposible ir a Honolulú porque la lepra aparece visible. Supongo que mi rostro pronto quedará desfigurado. Seguro como estoy de la realidad de mi enfermedad, permanezco tranquilo y resignado e incluso me siento más feliz entre mi gente. Dios sabe lo que más conviene a mi santificación y con este convencimiento digo todos los días: "Hágase tu voluntad".”

Sembrador de ecumenismo
Hombre de su tiempo, Damián se siente un misionero católico. Convencido de su fe, respeta sin embargo las convicciones de los demás, los acepta como personas y recibe con alegría con alegría su colaboración y su ayuda. Su corazón está ampliamente abierto a la miseria humana, y al acercarse a ella, no hace distinción alguna al cuidar a sus leprosos. En sus actividades parroquiales, caritativas o lúdicas, hay sitio para todo el mundo.

Cuenta entre sus amigos (y de los mejores) al luterano Sr. Meyer, superintendente de la leprosería, al anglicano Clifford, su pintor y biógrafo, al libre pensador Mouritz, médico de Molokai, al budista Goto, leprólogo japonés, al pastor anglicano Chapman, su principal bienhechor desde Londres.


El hombre de la eucaristía
“El mundo de la política y de la prensa puede ofrecer pocos héroes comparables al Padre Damián de Molokai. Valdría la pena buscar la fuente de inspiración de semejante heroísmo”. Así resumía Gandhi el fenómeno Damián. La respuesta la encontramos en su fe, que vive como religioso de los SS.CC., empeñados en contemplar, vivir y anunciar el Amor Misericordioso de Dios, revelado en Jesús y al que nos conduce la Virgen María. La tradición de su congregación le impulsa a buscar la fuerza en la Fuente del Amor y la Vida: en la Eucaristía. Pan vivo y presencia viviente.

Gracias al Amor de “Aquel que no me abandona nunca”, permanece fiel hasta el final, más allá de la cruel enfermedad, de la soledad penosa, de las críticas injustas y de la incomprensión de los suyos... Su testimonio es incontestable: “Sin la presencia de nuestro divino Maestro en mi pobre capilla, jamás hubiera podido mantener unida mi suerte a la de los leprosos de Molokai”.




[1] Del “Ceremonial, reglas, constituciones y estatutos de la Congregación de los Sagrados Corazones de Jesús y de María, y de la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento del Altar.” (Edición de 1826.)

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